CUENTO DE AVENTURAS: José María y los delfines rosados

José María y los delfines rosados

José María y los delfines rosados

Cuento: José María y los delfines rosados

 

En algunos de los grandes ríos de Sudamérica existen unos grandes delfines que son diferentes a los que conocemos, pues son completamente rosados y pueden llegar a ser muy grandes. Además, son juguetones y les gusta divertirse mucho con las personas.

Al saber que existían estos delfines, José María tenía la ilusión de poder conocerlos en el viaje a la selva del Amazonas que iba a hacer junto a sus padres. Especialmente porque su papá le había leído historias de un antiguo aventurero del Amazonas que contaba cómo, sobre las espaldas de los delfines rosados, recorría el río.

 

José María y los delfines rosados - Cuento de aventuras

 

Pero al llegar, José María se encontró con la triste realidad, y es la de que los delfines rosados son una especie en peligro de extinción que teme muchísimo a los humanos, pues suelen ser los responsables de la mayoría de los daños que sufren.

—Nos tienen tanto miedo que ya ni se acercan a nosotros —dijo Luis al pequeño José María, que era el guía que les iba conduciendo durante el viaje a través de la selva para conocer sus maravillas.

—No te preocupes, hijo —dijo entonces su padre, que tenía un fuerte espíritu aventurero—, porque seguro que en la selva hay otras cosas interesantes que ver.

Pero José María no se quedó tranquilo y seguía necesitando conocer a los delfines rosados. Entonces, como se hospedaban en una posada en medio de la selva, el pequeño José María se despertó temprano, cuando ya estaba amaneciendo y aún todos dormían, y se dirigió hasta las orillas del rió. Una vez allí, el pequeño lanzó un conjuro que recordaba de la historia que su papá le había contado sobre los delfines rosados: «Río inmenso que todo lo oyes y todo lo ves, llama a los delfines de una vez para que vengan a jugar conmigo, porque ningún daño les voy a hacer». Pero lo cierto es que nada sucedió tras el conjuro. Así, un poco desilusionado, el pequeño José María se dispuso a volver a la posada cuando, de pronto, un gran delfín rosado casi del tamaño de un río entero, se acercó en la orilla.

Con unos movimientos muy graciosos y ese sonido tan característico de los delfines, el gran animal llamó a José María, que rápidamente subió sobre su lomo. De este modo, y a lomos del delfín como si de un caballo se tratara, José María recorrió gran parte de la selva y mucho más rápido que los propios barcos. Aún con la boca abierta por la belleza de los paisajes, José María y el delfín llegaron a una gran cascada que parecía sacada de un cuento de hadas: ¡había árboles enormes y animales muy extraños! Pero también muchos más delfines y otros animales que habitaban en el río, como los manatíes, todos saliendo de sus escondites para saludar a José María y para recibirlo como a un verdadero amigo, sin ningún tipo de miedo.

Tras esta aventura, y antes de que terminara de salir el sol, el delfín devolvió a José María a la misma orilla, despidiéndole con una sonrisa y desapareciendo entre las aguas del río. José María no podía creer lo que había vivido, y muy feliz volvió a la posada y se metió en la cama, quedándose dormido de puro cansancio. Pero al despertar José María ya no tenía muy claro si su aventura en el río había sido un sueño o realidad. A juzgar por su ropa, que estaba limpia, pensó que aquello había sido simplemente producto de su imaginación y de un sueño muy profundo, aunque aun así se sintió genial.

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Sin embargo, cuando se dispusieron llegada la tarde a recorrer el río en otra excursión, sucedió algo inaudito: un gran delfín rosado, casi del tamaño de un barco, se acercó a ellos. Luis, el guía, les dijo muy sorprendido que aquello era completamente inusual, sobre todo porque el delfín parecía conocerles. Y es que se había colocado frente a José María, acercando su hocico resbaladizo para que el pequeño lo acariciara. ¡Qué gracia les hizo a todos!

Nadie supo nunca la verdad, puesto que José María prefirió no compartirla, pero aquel viaje supuso para el pequeño un antes y un después, y la confirmación de que los delfines no tenían miedo de los humanos de corazón puro, con los que compartían juegos y algunos de los misterios más mágicos de la selva.



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