El sastrecillo valiente

El sastrecillo valiente

Cuento: El sastrecillo valiente

 

Una mañana soleada, hace mucho tiempo, un sastrecillo trabajaba en su taller con mucho ánimo en todas las órdenes que debía entregar, cuando escuchó por la calle a una vendedora ambulante ofreciendo mermelada. Sin pensarlo dos veces, corrió a comprar un poco y preparó algunos panes rellenos de aquella deliciosa mermelada.

Mientras mordía el pan se puso a trabajar de nuevo y, las moscas, que paseaban por ahí, se lanzaron todas juntas a comer su mermelada. Cuando el sastrecillo se dio cuenta golpeó con fuerza la mesa para ahuyentarlas, pero había tantas que terminó por matar a siete moscas de una vez antes de que todas las demás huyeran. Sorprendido por su fuerza, el sastrecillo pensó que era muy valiente y quiso contárselo a todo el mundo.

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Así, en su cinturón bordó la frase «siete de un golpe», y tras ponérselo le dio por ir a recorrer el país. En lo alto de una montaña un gigante leyó lo que decía el cinturón del hombre y, sin creérselo, retó al sastrecillo a pasar la noche en su cueva. El sastrecillo aceptó sin dudarlo y con mucha seguridad, convencido de su capacidad para protegerse del gigante.

Ya en la cueva se le ofreció una cama enorme, pero el hombre decidió mejor dormir en una esquina acurrucado debajo de algunas sabanas. Más tarde, esa misma noche, el gigante se acercó de puntillas con un gran palo y golpeó las sabanas en las que dormía el sastrecillo con fuerza antes de irse a dormir. Pero, al despertar en la mañana, el sastrecillo estaba ahí sano y salvo. ¡Vaya susto que se llevó el gigante al verlo! Y al rato decidió que lo mejor era huir para siempre, antes de que el hombrecillo le hiciese algo en represalia.

El sastrecillo continúo su viaje sin prestar mucha atención y, al llegar frente al palacio del rey, quiso tomar una siesta para descansar de la larga caminata. La gente que pasaba lo miraba con curiosidad y todos leían lo que decía el cinturón bordado. Fue así como llegaron al Rey los rumores de que un valiente guerrero estaba a las puertas del castillo, sin embargo, el gobernante no quiso creer tan fácilmente aquellos chismes, así que quiso poner a prueba al sastrecillo. Una tras otra las pruebas del rey fueron superadas, pero aun así el monarca no estaba convencido, así que un día le pidió al sastrecillo que cumpliera una tarea imposible:

—Mi reino es asolado por dos terribles gigantes. Si eres tan increíble como dicen los rumores, te encomiendo la misión de ir al bosque y acabar con esos crueles gigantes. Tendrás como recompensa la mitad de mi reino.

El sastrecillo aceptó inmediatamente y fue en busca de aquellos terribles gigantes. Al llegar al bosque se los encontró a ambos a la hora de siesta y, elaborando un rápido plan, el hombrecillo se subió a los árboles con los bolsillos llenos de piedras. Ya en la cima, se puso a lanzarlas, sobresaltando a los gigantes:

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—¿Por qué me pegas? —Preguntó un gigante.

―Has sido tú el que me has pegado —gritó el otro gigante.

Y así fue como se pusieron a pelear ferozmente, destruyendo el bosque a su paso. Fue una pelea tan terrible que ambos gigantes terminaron por fallecer de cansancio y calor en aquel mismo lugar, por lo que el sastrecillo regresó triunfante al castillo. Ante esta muestra de fuerza y valor, el rey tuvo que admitir que el hombre era increíble, por lo que compartió todo su reino con él y tuvo la fortuna de casarse con su hija, que creía que el sastrecillo era un caballero fuerte y valiente.

Sin embargo, grande fue la sorpresa de la princesa cuando escuchó una noche hablar dormido a su esposo, dictando órdenes de costura sin parar. Indignada al descubrir que no era en realidad un caballero, fue corriendo hasta su padre para pedir que le echase de la corte. El monarca, queriendo presenciar por sí mismo aquello, pidió a la princesa que dejara abierta la puerta para oír al sastrecillo hablar dormido y así revelar su farsa.

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Pero el sastrecillo escuchó el plan, y esa misma noche fingió dormirse pronto. Cuando la princesa abrió la puerta con sigilo, el sastrecillo se puso a gritar:

—¡Acaba el jubón y la costura de los pantalones! No quieras despertar mi ira, yo acabé con siete de un golpe y los dos terribles gigantes del bosque.

Y tras aquellas palabras la princesa y el rey se quedaron conformes, y nadie volvió a cuestionar al sastrecillo ni a enfrentarse a él, sino todo lo contrario, y todos vivieron muy felices.

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