El hombre de los copos de nieve

El hombre de los copos de nieve

Cuentos de estaciones: El hombre de los copos de nieve

 

En un pequeño valle escondido entre montañas se extendía un bosque que parecía cambiar de personalidad con cada estación.

En primavera se llenaba de flores de todos los colores y el aire se impregnaba del dulce aroma de la hierba recién nacida.

Durante el verano, los rayos del sol se colaban entre las ramas y los pájaros alegraban los días con sus canciones.

Después llegaba el otoño, que teñía los caminos de tonos dorados, rojizos y cobrizos. Por último, cuando llegaba el invierno, era cuando sucedía lo verdaderamente extraordinario.

Al respecto, los habitantes del valle contaban una antigua historia. ¡Decían que la nieve no caía sola del cielo, sino que alguien la fabricaba en secreto! Nadie sabía quién era ni dónde vivía, pero cada año, cuando aparecían los primeros copos, los árboles amanecían cubiertos de delicados encajes blancos y los tejados parecían decorados por una mano invisible durante la noche.

Clara, una niña curiosa y observadora, estaba fascinada por aquella leyenda. Le encantaba sentarse junto a la ventana y contemplar cómo la nieve descendía lentamente sobre el valle.  A veces imaginaba que los copos eran pequeñas cartas enviadas por las nubes. Otras veces pensaba que eran estrellas diminutas que habían decidido visitar la Tierra.

 

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Sin embargo, había una pregunta que no dejaba de rondar por su cabeza:

—¿Quién crea los copos de nieve?

Una fría mañana de invierno decidió averiguarlo. Se abrigó bien con su chaqueta de lana, se ajustó una larga bufanda alrededor del cuello y salió en dirección al bosque. Mientras caminaba entre los árboles cubiertos de escarcha, escuchó un sonido extraño.

Era un tintineo suave y delicado, parecido al de unas pequeñas campanas de cristal. Intrigada, siguió aquel sonido hasta llegar a un claro iluminado por una luz plateada, y allí encontró algo que jamás habría imaginado.

Sentado sobre un tronco cubierto de nieve había un anciano de barba blanca que trabajaba con una diminuta aguja de hielo. Entre sus manos brillaban cientos de copos que parecían recién creados, y con una paciencia infinita los iba formando uno a uno, utilizando finísimos hilos de viento y destellos de luz de luna. Clara observó la escena con los ojos muy abiertos:

—¡Eres como un sastre de copos de nieve! —exclamó sin poder contener su emoción.

El anciano sonrió con amabilidad.

—Algunos me llaman así.

—¿De verdad haces toda la nieve del mundo?

El hombre soltó una suave carcajada.

—No exactamente. Yo solo ayudo a que cada invierno tenga su propio vestido.

Entonces Clara observó fascinada cómo uno de los copos recién terminados descendía lentamente hasta posarse sobre una rama cercana. ¡Era tan hermoso y delicado que parecía una pequeña obra de arte!

—¿Y por qué todos son diferentes? —preguntó.

El anciano levantó uno de los copos y lo observó a contraluz.

—Porque no existen dos inviernos iguales. Tampoco hay dos árboles iguales, ni dos flores iguales, ni dos personas iguales. Cada copo lleva consigo una pequeña historia que lo hace especial.

La niña permaneció unos segundos en silencio, pensando en aquellas palabras, y, mientras continuaba trabajando, el anciano añadió:

—Muchas personas creen que el invierno solo trae frío y días grises. Pero se equivocan. El invierno llega para que la naturaleza descanse, para que las semillas sueñen bajo la tierra y para recordarnos que incluso la calma tiene su propia belleza.

Clara miró a su alrededor. Escuchó el suave crujido de la nieve bajo sus botas, observó el humo que se elevaba desde las chimeneas del valle y sintió el aire fresco acariciando sus mejillas. Entonces comprendió que el invierno escondía una magia diferente a la de las demás estaciones: una magia tranquila, silenciosa y serena.

 

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Cuando el sol comenzó a ocultarse tras las montañas, el anciano sastre guardó cuidadosamente su aguja de hielo.

—Ha llegado la hora de volver a casa —dijo.

Antes de despedirse, le entregó un brillante copo de nieve.

—Quiero que te quedes con esto.

—¿Por qué? —preguntó Clara.

—Para que nunca olvides que cada estación tiene algo maravilloso que ofrecer, y a veces solo necesitamos observar con atención para descubrirlo.

La pequeña guardó el regalo con cuidado y emprendió el camino de regreso. Y aquella noche, mientras contemplaba la nieve caer tras el cristal de su ventana, comprendió que el invierno era mucho más que frío y hielo.

En cada copo veía una historia diferente y, bajo la tierra dormida, imaginaba miles de semillas preparándose para despertar cuando regresara la primavera.

Con el tiempo Clara dejó de pensar en los días fríos como algo malo, recibiendo el invierno con una gran sonrisa. Incluso, cuando los primeros copos empiezan a caer cada año sobre el valle, Clara sigue mirando al bosque con ilusión, preguntándose si el viejo sastre continuará allí, cosiendo pacientemente los vestidos blancos con los que el invierno cubre el mundo.


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