CUENTO DE FANTASÍA: Matilde y las flores mágicas

Matilde y las flores mágicas

Matilde y las flores mágicas

Cuento: Matilde y las flores mágicas

 

A la pequeña Matilde le gustaban mucho las flores. Pensaba que eran muy hermosas y que despedían un olor muy agradable, por eso siempre que veía flores se detenía a olerlas y a admirarlas, pues estaba segura de que eran lo más hermoso del mundo. No obstante, los otros niños del vecindario no pensaban igual que Matilde, y arrancaban las flores solo por diversión; incluso las pisoteaban, diciendo: «¿A quién le importan las flores? ¡Vamos a aplastarlas!»

Esto ponía muy triste a la pequeña Matilde, porque las flores que tanto le gustaban terminaban secas y rotas y ya no tenían olor, pero no encontraba el valor suficiente para decirles a los otros niños que pararan de hacer daño a las flores, por lo que seguía viendo cómo, día tras día, iban quedando menos. Pero pasado un tiempo Matilde decidió tomar por fin cartas en el asunto y, junto a sus padres, empezó a plantar flores en el jardín de su casa y en sus alrededores.

 

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Tan animada se sentía con la oportunidad de recuperar las flores de su precioso barrio, que algo creció dentro de ella, como una especie de sensación que la volvía gigante y capaz de todo. De este modo, cuando volvió a ver a los bravucones pisar algunas de las flores que ella misma había sembrado, se acercó a ellos y les dijo: “¿Por qué hacéis eso? Las flores no le hacen daño a nadie. ¿Os gustaría que alguien os pisara sin piedad la cabeza? ¿A que no? ¡Pues no piséis más las flores y dejad que crezcan en paz!”.

Al escuchar aquellas palabras los otros niños huyeron asustados… ¡Parecía otra Matilde! ¡Qué dureza tenían ahora sus palabras! Una vez sola, y tras haber evitado la masacre floral, la pequeña pudo escuchar una vocecilla que decía: “Muchas gracias por defendernos, esos muchachos despiadados iban a derribar nuestro hogar.”

Matilde no sabía de dónde salía aquella voz, así que miró en todas direcciones, pero no logró ver a nadie: “¡Aquí, aquí abajo, en las flores!”. Entonces, cuando bajó la mirada, Matilde al fin se encontró con lo que parecían unas pequeñas personitas colocadas sobre los pétalos de las flores. No sabía que existían, pero en ese momento podía verlas claramente: eran de color azul y verde, y tenían unas pequeñas alas de colores brillantes y diferentes motivos, como las de las mariposas. Entonces Matilde se dirigió a ellas diciendo:

—No es nada, pero no sé en qué os he ayudado —dijo un poco confundida.

—Pues en que has sido capaz de alejar a esos niños maleducados al fin de aquí, que solo buscaban pisar nuestras casas, pues somos unos seres de la naturaleza que habitamos en las flores. Además, gracias a todas las flores nuevas que has plantado, muchos de los nuestros, que tuvieron que abandonar un día este precioso lugar, podrán volver y quedarse aquí para siempre. ¡Muchas gracias!

 

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Y a partir de ese día la pequeña Matilde se hizo amiga de los seres de las flores. Estos, a su vez, le explicaron que su trabajo era mantener el equilibrio mágico allí donde se encontraran, y hacer que el mundo fuese mucho más bonito y feliz. Además controlaban el perfume y las tonalidades de las flores,  así como los nutrientes necesarios para su alimento. ¡Qué increíble!

Al recibir aquella información Matilde se sintió más feliz y orgullosa que nunca de su labor, lo que la animó a seguir plantando más y más flores por el barrio. Y fue así como el pequeño pueblo de Matilde se llenó de flores y de un riquísimo olor, y los jóvenes a los que había regañado terminaron dándose cuenta de su mal comportamiento, pidiendo perdón a Matilde y a los seres de las flores. Y así todos fueron felices y convivieron al fin en armonía, en un perfecto equilibrio mágico de la naturaleza.



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