CUENTO PARA DORMIR: La almohada más dura

La almohada más dura

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La almohada más dura

 

Empezar de nuevo siempre es difícil, especialmente para un niño como Andrés, un  chico de ojos pequeños, pelo rojizo y una gran sonrisa.

Toda su corta vida había vivido en el mismo barrio, donde tenía muchos amigos con los que jugar, y donde había muchas cosas para hacer, como divertirse en los columpios del parque o jugar fútbol en la cancha. Pero un día a los padres de Andrés les dijeron en el trabajo que debían ir a otra ciudad, por lo que toda la familia se tenía que mudar.

—Las cosas no cambiarán mucho —le dijeron sus padres.

Pero para el pequeño todo había cambiado.

La casa a la que se mudaron era muy parecida a aquella en la que Andrés había crecido, y su nueva habitación era prácticamente igual: tenía la misma lámpara, los mismos juguetes…, incluso la misma cama y las mantas de Andrés. Pero había algo que había cambiado: la almohada.

La primera noche, cuando era hora de irse a dormir, el pequeño Andrés pensaba que quizás mudarse podía llegar a ser algo bueno. A fin de cuentas, la nueva habitación se parecía mucho a la antigua. Sin embargo, apenas recostó su cabeza en la almohada, se dio cuenta de que no era la suya.

—¡Esta almohada está tan dura como un ladrillo! —Se dijo a sí mismo.

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Y como no podía dormir con una almohada tan dura, fue a la habitación de sus padres a decirles que esa no era su almohada.

—Pero hijo, si esta es tu almohada de toda la vida… —dijo su madre.

—Claro que no, mamá. Esta almohada es muy dura. Tócala, mira.

Al tenerla en sus manos su madre estuvo segura de que seguía siendo una almohada muy mullida, pero como no había tiempo para arreglar el problema, pues era de noche, Andrés se quedó a dormir con sus padres (que en su opinión si tenían almohadas mullidas) y acordaron que al día siguiente comprarían una almohada nueva para el pequeño.

Llegado el día, Andrés fue a su nueva escuela por primera vez, sintiéndose con una extraña sensación de timidez. No habló con los demás niños y nadie se acercó a conocerlo…

Al volver de la escuela todos fueron a la tienda a comprar una nueva almohada. Andrés eligió la más mullida de todas, que tenía tecnología para hacer que las personas soñaran los más dulces sueños. Pero esa noche, cuando recostó su cabeza en ella, sintió que también era dura como un ladrillo.

—¡Esta almohada está rota! ¡Nadie podría dormir y tener un dulce sueño sobre un ladrillo como este! —Dijo Andrés lanzando la almohada al suelo.

Y volviendo de nuevo a la habitación de sus padres, al fin Andrés pudo dormir y descansar un poco.

Al día siguiente, en la escuela, un par de niños se acercaron a Andrés. Sus nombres eran Emilio y Juan. Emilio y Juan tenían muchas cosas en común con Andrés, así que se hicieron amigos inmediatamente y prometieron jugar fútbol al día siguiente en la cancha que estaba cerca de la nueva escuela.

 

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Tras volver de la escuela, Andrés estaba tan ocupado hablándoles a sus padres de los nuevos amigos que había hecho que se olvidó por completo de que su almohada era la más dura del mundo.

Al caer la noche, cuando ya era hora de dormir, Andrés seguía pensando en sus nuevos amigos y en lo divertido que iba a ser jugar al fútbol con ellos. Y cuando se acostó, su almohada, lejos de parecerle un ladrillo, le parecía tan suave como una nube. Seguía siendo la misma almohada de la noche anterior, pero había algo que hacía que ya no se sintiera tan dura. Quizás la emoción de tener nuevos amigos.

Y desde esa noche, Andrés no volvió a tener problemas para dormir.

A veces los cambios repentinos pueden hacer que nos sintamos mal y que encontremos cosas negativas donde no las hay, pero siempre hay que aprender a verle el lado positivo a las cosas en vez de enfrascarse en aquello que no nos gusta, como le sucedió a Andrés con su almohada, que en realidad siempre había sido la misma…

 

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