CUENTO INFANTIL: Leo, el amigo invisible | Bosque de Fantasías

Leo, el amigo invisible

Leo, el amigo invisible

Cuento de tolerancia y amistad: Leo, el amigo invisible

 

En un hermoso día de verano, una niña llamada Helena fue a la casa de su amiga Victoria para jugar. Cuando llegó allí, Victoria le presentó a otro nuevo amigo, pero Helena no podía verlo.

  • ¿Por qué no consigo ver a tu amigo?- Preguntó Helena algo confundida.
  • Porque Leo es mi amigo invisible – Le explicó Victoria.

Helena, que no daba crédito a las palabras de su amiga, pensó que en realidad aquello podría ser algo divertido, y empezó a fingir que ella también podía ver a Leo. Sin embargo, aquella fantasía que tan divertida le resultaba a Helena no dio buen resultado.

Cada vez que Helena pedía jugar a algo, Victoria le decía que Leo no quería jugar a eso. Entonces Victoria hacía una voz diferente y fingía ser Leo para decir en voz alta que quería jugar a otra cosa. Incluso cuando Helena intentaba entrar en la broma y hablaba también con una voz diferente, Victoria decía que a Leo no le gustaba y que dejara de hacerlo. A pesar de ser invisible, no parecía que Leo estuviera dispuesto a aceptar a Helena en aquella tarde de juegos.

Al rato, y viendo el escaso éxito que tenían sus propuestas, Helena sintió que estaba siendo excluida aquella tarde de todas las bromas y de todos los juegos por culpa de la idea del amigo invisible. Por eso Helena no dudó en ponerse a jugar sola con algunos de los muñecos que Victoria tenía en la habitación: un carrito, un temible dinosaurio, un coche de carreras…pero sola se cansaba muy rápido.

Entonces Helena propuso salir a la calle a jugar, pues hacía un día estupendo y el sol todavía brillaba en el jardín de la casa de Victoria. Sorprendentemente Victoria accedió, pero avisando de que tal vez no podrían estar mucho rato, pues el calor angustiaba mucho a su amigo Leo.

La madre de Victoria, observando que su hija excluía aquella tarde a Helena de todos los juegos, decidió intervenir. Hizo un pastel de chocolate y llamó a las niñas para que fuesen a merendar y se lo tomasen junto a un rico vaso de leche. A Helena aquello le pareció una buena idea, porque ya que no se estaba divirtiendo mucho aquella tarde al menos podría disfrutar de un rico pastel. Victoria también pareció ponerse muy feliz con la idea, pero cuando se sentó en la mesa se puso triste.

  • ¿Qué ocurre, Victoria? – Preguntó su mamá preocupada. ¿Es que no te apetece un rico trozo de pastel de chocolate?
  • ¡Claro que sí! -respondió Victoria- Pero a Leo no le gusta.
  • Bueno- sugirió su madre-, tal vez Leo pueda esperar mientras comemos nosotras cada una nuestro trozo. Estoy segura de que no se enfadará y de que es capaz de comprender que la amistad no es hacer solo lo que uno quiera.

Los ojos de Victoria brillaron y se sintió muy animada con las palabras de su mamá y el rostro comprensivo de su paciente amiga Helena. Tras ello Victoria y Helena se comieron su pastel de chocolate. Mientras, el trozo de pastel que la madre de Victoria preparó para Leo, permanecía intocable en el plato.

Helena, para animar más a su amiga, decidió probar de nuevo una voz más ronca y hacerse pasar por Leo para sugerir a su amiga Victoria que aún quedaba un rico trozo de pastel de chocolate en la mesa. Curiosamente aquella vez Victoria no se enfadó porque Helena intentase hacerse pasar por su amigo imaginario, y ni corta ni perezosa cogió el trozo de pastel.

  • Creo que podemos ir a nadar un poco -dijo Victoria- Jugar en la piscina es algo que a todo el mundo le gusta hacer.

Y ya nunca más Victoria volvió a mencionar a Leo. Las palabras de su madre le habían hecho ver que la verdadera amistad es compartir el tiempo de verdad, y que si hay buenos amigos a nuestro lado dispuestos a jugar y a pasarlo siempre en grande con nosotros, los imaginarios pueden esperar.

 

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