FÁBULA CORTA: El perro y su reflejo

El perro y su reflejo

El perro y su reflejo

El perro y su reflejo

 

Érase una vez una vez un perro llamado Rocky, de grandes orejas y pelaje marrón.

Un día sucedió que Rocky caminaba por la ciudad, buscando algo que poder comer. Había estado buscando durante varias horas, pero no había tenido éxito y comenzaba a sentirse cansado por el esfuerzo de caminar tanto. El sol brillaba en lo alto, calentando todo lo que se encontraba debajo, con un calor abrasador. Rocky, además de tener hambre, tenía mucho calor y mucha sed, así que se detuvo en un parque cercano a descansar a la sombra de un árbol y a beber agua de un pequeño estanque, en el que también había algunos patos.

Mientras Rocky bebía agua del estanque, no pudo evitar ver a otros perros que estaban en el parque. Sus dueños les lanzaban galletas en forma de huesos, y ellos, felices, se comían los premios por ser tan buenas mascotas.

—No es justo —se decía Rocky—, yo merezco mucho más comerme una de esas galletas. Soy el mejor perro de esta ciudad.

Molesto por este pensamiento, Rocky siguió caminando. Pero entonces la suerte le sonrió, pues se encontró con una gran carnicería.

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—Quizás ahí encuentre algo para comer —se dijo Rocky.

Y allí se encontró con un carnicero que estaba sacando algunas sobras a la basura. Al ver al perro, se agachó y le dijo:

—¡Eh! ¿Tienes hambre? —Estas palabras sonaron como música en los oídos de Rocky—. Ven aquí, que hay bastantes huesos para ti.

El carnicero dejó un par de huesos en el suelo para que Rocky pudiera comerlos.

—Pareces ser un buen perro. Cada vez que tengas hambre ven por aquí, siempre tendré algo para ti —y tras decir esto, acarició la cabeza de Rocky y volvió a su trabajo.

El perro entonces se quedó a solas con los huesos que no eran cualquier cosa, sino que eran muy grandes y deliciosos, y era la comida con la que Rocky había soñado todo el día. Así, el perro no cabía en sí mismo de la felicidad y del agradecimiento que sentía. Los mordisqueó con gustó, y comió y comió feliz y contento…Hasta que sintió sed por haber comido tanto.

—Volveré al estanque a beber agua —pensó Rocky.

Y como previsión, se llevó en el hocico uno de los huesos, el más grande de todos. Rocky también pensaba que los perros del parque estarían celosos de su hueso. Al acercarse al estanque, notó que había un perro viéndolo. Era un perro de orejas extrañas y pelaje marrón, y tenía un enorme hueso en el hocico.

 

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—¡Eh, tú! ¿Qué estás mirando?

A Rocky le parecía que aquel hueso era más grande que el que llevaba en su hocico.

—¡Yo soy el mejor perro de esta ciudad, —Dijo Rocky—, y puedo tener el hueso que quiera!

Rocky entonces soltó el hueso que llevaba en el hocico, para así quitarle a aquel perro el otro. Sin embargo, lejos de poder lograr su cometido, solo vio cómo su hueso cayó en el estanque, rompiendo la imagen que estaba viendo. Y así fue como se dio cuenta de que estaba viendo su propio reflejo, y que había perdido el hueso más delicioso del mundo por querer coger algo que no era real y que no le pertenecía.

De esta forma, Rocky aprendió que es mejor ser felices con lo que tenemos, en vez de desear lo que tienen los demás.

 

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