FÁBULA CORTA PARA NIÑOS: La zorra y la cigüeña

La zorra y la cigüeña

La zorra y la cigüeña

Fábula: La zorra y la cigüeña

 

Érase una vez una zorra que era muy bromista. Vivía en un bosque donde había muchos animales, y a todos les gastaba bromas pesadas. Además, siempre que le gastaba una broma a uno de los animales, se reía ruidosamente, disfrutando de su travesura.

Un día sucedió que la zorra invitó a su amiga la cigüeña a comer en su casa. Era sabido en el bosque, además de ser muy bromista, que la zorra era una buena cocinera y que hacía una sopa deliciosa, así que la cigüeña aceptó encantada. Llegó el día de la invitación y la cigüeña se presentó justo a tiempo en casa de la zorrita.

El ave llevaba mucha hambre, pues no había almorzado para así poder disfrutar de la comida ampliamente, y cuando llegó notó en el aire un delicioso aroma…y es que la zorra estaba preparando una de sus famosas sopas, cuyo olor se podía percibir a kilómetros. ¡La cigüeña estaba ansiosa por probar la comida de su amiga!

Primero ambas charlaron y pasaron un buen rato juntas, y cuando fue hora de comer, la cigüeña se dio cuenta de que la zorra servía la sopa en platos que eran muy llanos. De este modo, la zorra comió opíparamente disfrutando de su magnífica sopa, pero la cigüeña, que tenía un pico muy largo y puntiagudo, no pudo probar ni un bocado.

Cuando la zorra vio a la cigüeña intentando comer la sopa sin éxito, explotó en una carcajada, y la cigüeña se dio cuenta de que su amiga le había gastado una de sus bromas pesadas. Entonces el ave se sintió bastante mal, pues había llegado allí con muchísima hambre, y pensó en enseñarle a la zorra una buena lección:

— ¡Eh, cigüeña! Espero que no te enojes conmigo —dijo la zorra.

La cigüeña respondió que por supuesto que no se iba a enojar, y que sabía apreciar una buena broma. Además, haciendo alarde también de su fama de buena cocinera de guisos, invitó al día siguiente a la zorra a su casa a comer:

—Te prepararé uno de mis famosos guisos para agradecerte la invitación —dijo la cigüeña.

Y la zorra se quedó encantada con la invitación sin sospechar nada.

Al día siguiente, la zorra bromista acudió muy puntual al almuerzo en casa de su amiga la cigüeña. Y al igual que había hecho el ave el día anterior, no había comido nada en todo el día para así poder disfrutar del sabroso guiso.

El olor llenaba todo el lugar y la barriga de la zorra rugía. Pero, para su sorpresa, la cigüeña había servido el guiso en un cántaro largo y angosto, del cual la cigüeña podía comer muy fácilmente gracias a su pico alargado, pero ella no. Su hocico no le permitía llegar al guiso, no había manera, y eso que lo intentó de todas las formas posibles.

Viendo como la cigüeña terminaba su guiso, feliz de haber comido tan deliciosamente, la zorra comprendió lo que sucedía y, triste por darse cuenta de que la habían gastado una broma pesada, se despidió de la cigüeña y volvió hambrienta a su casa. Sin embargo, y a pesar del hambre, la zorra había aprendido una sabia lección: que no debemos hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros mismos. ¡Y es que de lo contrario nos podemos llevar sorpresas no muy agradables!

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