FÁBULA CORTA: Las abejas, las moscas y la miel

Las abejas, las moscas y la miel

Las abejas, las moscas y la miel

Las abejas, las moscas y la miel

 

Érase una vez un frondoso bosque, lleno de árboles y toda clase de animales.

En aquel bosque vivían muchas abejas, y todas se encontraban aglomeradas en un enorme panal, donde hacían la miel más deliciosa del mundo.

 

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Todo era felicidad en aquel lugar hasta que un día empezó una misteriosa ventisca.

Al principio fueron solo vientos suaves, casi como una caricia en el rostro, que mecían un poco las hojas y las ramas de los árboles. Sin embargo, con el paso de los días, los vientos se volvieron más y más fuertes, convirtiéndose en una gran y poderosa ventisca; tan poderosa que podía incluso arrancar ramas a los árboles.

Fue durante esta ventisca cuando el panal se desprendió de la rama del árbol en la cual colgaba, cayendo suelo.

Cuando pasó la ventisca, las abejas se dieron cuenta de que no podrían volver a vivir en aquel panal, así que se mudaron a un nuevo lugar donde poco a poco construyeron una casa nueva. Pero su antiguo panal, lleno de la miel más deliciosa del mundo, se quedó en el suelo, abierto por completo, con la miel derramándose, dulce y deliciosa.

 

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Sucedió entonces que una mosca volaba por aquel lugar, hambrienta, buscando algo que poder llevarse a la boca. Y cuando olfateó aquella sustancia tan dulce y deliciosa, no dudó un momento en descender al suelo, donde se encontró con una dotación infinita de miel.

—¡Esto es un milagro! —Decía la mosca, bebiendo y bebiendo litros de miel.

Pasado un rato, más moscas se fueron acercando a la miel.

—¡Qué maravilla! —Decían unas moscas.

—¡Vengan, que aquí hay mucha miel para todas! —Decían otras.

Todas las moscas del bosque se aglomeraron en torno a la miel olfateando el dulzor del néctar, donde parecía haber suficiente cantidad como para abastecer a un ejército completo.

Las moscas bebían y bebían miel hasta que sus pequeños estómagos estuvieron completamente llenos, pues nunca se habían encontrado con tal cantidad de comida deliciosa y no pensaban desperdiciarla.

—¡Toda esta miel será para nosotras! —Decían todas las moscas— ¡No vamos a compartir esta miel con ningún otro de los habitantes del bosque!

Y así estuvieron durante bastante tiempo, bebiendo y bebiendo miel hasta que se saciaron tanto que terminaron por aburrirse del delicioso néctar, y el solo olor dulzón les producía ganas de vomitar.

—¡Ya no quiero comer más miel! —Dijo entonces una de las tantas moscas que allí estaban—. Me iré a otro lugar del bosque a buscar algo diferente que comer.

Sin embargo, cuando intentó volar lejos comprobó que no podía hacerlo, pues sus patas estaban como pegadas a la tierra con cemento, cubiertas del pegajoso líquido.

—¡No puedo salir de aquí! —Gritaba.

Mientras tanto, otras moscas intentaron hacer lo mismo, pero ninguna pudo volar, pues la pegajosa miel era como cemento armado sosteniendo sus delicadas patas. Y cuanto más intentaban escapar, más se hundían en el mar de miel.

Entonces, a punto de ahogarse, las moscas solo podían decir:

—¡Todo esto es nuestra culpa! ¡Es nuestra culpa por haber querido bebernos toda la miel del panal y no compartir con los demás animales!

Y es por esto por lo que las cosas deliciosas hay que disfrutarlas con calma y compartirlas con los demás, pues disfrutar de las cosas en exceso puede hacernos mucho daño.

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