El viaje de los árboles sagrados

El viaje de los árboles sagrados

Leyenda de México: El viaje de los árboles sagrados

 

Dicen los ancianos del pueblo Kumiai, en la Baja California, que al principio de los tiempos los dioses se reunieron para decidir dónde colocar los árboles más nobles de toda la creación. Querían que los hombres disfrutaran de ellos, que le dieran sombra, alimento y fuerza a la vida. Fue de esta forma como eligieron tres árboles: el piñón, el pino y el encino.

Los dioses le pidieron entonces a los árboles que caminaran hasta la costa, donde vivían los hombres. El viaje no era sencillo, pues antes de llegar al mar debían atravesar una montaña alta, llena de laderas empinadas y senderos pedregosos. Así, los tres árboles iniciaron la marcha, y avanzaron durante días, entre vientos fríos y cielos despejados, hasta alcanzar la cima. Allí, el piñón se detuvo, agotado.

—Amigos —dijo—, mis raíces ya no quieren avanzar. Por lo tanto, aquí me quedaré.

El encino trató de animarle:

—Piñón, yo sé que aún queda camino, pero juntos lo lograremos. Verás.

El piñón, sin embargo, decidió quedarse. Desde entonces, en las montañas altas crecen los piñones, guardianes de las cumbres.

El pino y el encino dejaron a su compañero y continuaron. Bajaron por la ladera, atravesaron arroyos y cruzaron senderos de piedra. Pero al llegar a la falda de la montaña, el pino se detuvo:

—Compañero encino —suspiró—, lamento decir que mi tronco ya no soporta más pasos. Descansaré aquí.

El encino lo miró con firmeza:

—Queda poco, pino. Los hombres esperan nuestra llegada.

Tras aquellas palabras, el pino apoyó sus ramas en el suelo y respondió con voz serena:

—Deseo seguir, pero mi fuerza termina en este lugar. Aquí me quedaré para siempre.

Y así nacieron los bosques de pinos que cubren las faldas de las montañas. El encino, cansado y con ramas temblorosas, continuó solo. Día tras día avanzó, con el sonido del mar cada vez más cercano. Al fin, cuando el aire olía a sal y las olas rugían en la distancia, el encino supo que había llegado. Plantó sus raíces cerca de los poblados y allí descansó.

 

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Desde entonces, los hombres de la costa encontraron en él sombra y alimento y sus bellotas se convirtieron durante generaciones en sustento para familias y animales. Los bosques de encinos crecieron fuertes, recordando a todos la perseverancia de aquel árbol que cumplió su misión. Los ancianos repiten esta historia junto al fuego mientras los niños escuchan atentos, y siempre concluyen con una enseñanza muy clara para todos:

—El encino también sintió cansancio, como el piñón y el pino, pero siguió adelante porque sabía que tenía un propósito. Así, quien persevera siempre alcanza su destino.

Tras la historia los niños miran a los mayores con ojos brillantes, y en su memoria queda grabada la imagen del encino firme, junto al mar, ofreciendo su fruto. Y así, cada vez que alguien cruza las montañas de Baja California y ve pinos en las laderas y piñones en las cumbres, recuerda el viaje de los tres árboles sagrados y el valor de quien no se detuvo hasta llegar a su destino.


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