Leyenda infantil para niños: Las siete tazas | Bosque de Fantasías

La leyenda de las siete tazas

La leyenda de las siete tazas

Leyenda de Chile: Las siete tazas

 

Hace muchísimos años, en el vasto territorio de la América del Sur, vivía un joven llamado Catriel que criaba llamas y alpacas. El joven Catriel era muy famoso por aquellos parajes, pues la lana de sus animales era muy buena para hacer telas, y muchas eran las personas que le compraban lana para tejer y abrigarse en los días más fríos, y entre ellas una hermosa joven de brillantes ojos negros llamada Ayelén, que nunca fallaba y con la que ya tenía mucha confianza.

Cuenta la leyenda que, un día, Catriel visitó a su adorada Ayelén con un cesto lleno de la mejor lana de sus alpacas y, cuando la chica sacó toda la lana que había en el cesto, se encontró un brillante anillo tallado con paciencia y amor.

 

la leyenda de las siete tazas para niños

 

Tras esto, Catriel se arrodilló para pedirle a Ayelén que se casara con él, a lo que ella accedió, y, tras casarse, se fueron a vivir cerca de las profundas montañas, donde las noches estaban llenas de estrellas y en los días brillaba el cálido y dorado sol. Más tarde, cuando Ayelén supo que tendrían descendencia y se lo comunicó a Catriel, este no pudo ocultar su emoción:

—¡Cómo me gustaría tener un hijo para que me ayude a cuidar de las llamas y las alpacas! —Dijo muy feliz Catriel abrazando a Ayelén.

Pero lo cierto es que el tiempo pasó y que no tuvieron un hijo, sino una niña saludable y risueña a quien llamaron Aneley.

—Ahora deberíamos tener un hijo, porque Aneley necesita un hermano que la cuide de los peligros—. Decía a menudo Catriel.

Un tiempo después Ayelén volvió a quedarse embarazada y otra vez dio a luz a una saludable niña, a quien decidieron llamar Aimará. Y aunque Catriel se sentía feliz, siempre esperaba tener un hijo que le acompañase al ir a cuidar de las llamas y las alpacas. Sin embargo, cada vez que Ayelén se quedaba de nuevo embarazada terminaba por dar a luz a una niña, y así sucedió hasta que Catriel y Ayelén tuvieron siete hijas, cuyos nombres fueron: Aneley, Aimará, Sayen, Mailen, Inara, Ailin y Amancay, que era la pequeña de todas ellas.

Cuando nació Amancay, Ayelén ya no volvió a quedarse embarazada nunca, pero aun así Catriel estaba contento porque quería mucho a sus hijas y le ayudaban a cuidar de las llamas y de las alpacas, así como a tejer mullidas telas con las que abrigarse en invierno. Lo malo era cuando llegaba el verano, que había menos trabajo y las pequeñas se aburrían como todos los niños. Entonces, para evitarlo, Catriel decidió hacer un día una piscina en forma de taza que se llenara con el agua del río, con el objetivo de que sus niñas se pudieran divertir y descansar tras su inestimable esfuerzo y ayuda.

Sin embargo, tras hacerlo, se dio cuenta de que una sola piscina tan pequeña no era suficiente para sus siete hijas, por lo que tuvo que cavar y cavar hasta hacer siete piscinas con forma de taza, desde lo más alto de la ladera, cerca del río que pasaba por la montaña, hasta las mismas faldas de la montaña. Las pequeñas se divertían mucho remojándose en sus tazas, y allí eran consentidas por los espíritus de la naturaleza, que protegían sin descanso a las niñas de Catriel y de Ayelén con cariño. Tanto, que cuando un extraño brujo malvado trató de hechizar a las niñas para llevárselas con él, el hechizo rebotó en las mágicas aguas de las tazas convirtiendo al maléfico brujo en un pequeño sapo.

Y muchos más años pasaron después de esto, hasta que un día Catriel y Ayelén ya no estaban en el mundo, aunque sí sus siete hijas, que siempre vivieron cerca de las tazas incluso siendo muy viejitas, pues nada había mejor que refrescarse un poco cuando hacía calor en verano para recordar a sus queridos padres, que con tanto amor las habían fabricado en la roca para ellas…el lugar desde que no las perdieron de vista jamás.

 

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Hoy en día, en la región de Maule, en Chile, se puede visitar el Parque Nacional Radal Siete Tazas, donde aún se encuentran las tazas que Catriel cavó para sus hijas y se puede sentir la fuerza de los espíritus de la naturaleza y del amor de aquella preciosa familia.


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