EL ORO DEL REY MIDAS | Historias y mitología para niños

El oro del Rey Midas

El oro del Rey Midas

El nombre de Midas hoy se ha convertido en un sinónimo de “hombre rico”, pero en realidad el rey Midas se benefició poco de su riqueza.

Midas era el rey de Macedonia. Fue la primera persona en plantar un jardín de rosas y le encantaba pasar sus días festejando y escuchando música. Se dice que su madre era la gran diosa Cibeles (también conocida como Rea) ,que era “la madre de los dioses”, pero no podemos estar seguros.

Cuando era solo un bebé se vio una procesión de hormigas cargando granos de trigo por el costado de su cuna, que colocaban entre sus labios mientras dormía. Cuando se les pidió a los oráculos que explicasen este presagio, dijeron que Midas era un niño especial que acumularía gran poder y riqueza.

Un día sucedió que Dioniso, el célebre dios del vino, condujo a su ejército de seguidores (compuesto de seres mitad cabras, mitad humanos) hacia la India. Al que más quería Dioniso era a Sileno, un viejo amigo al que se le había encomendado su educación. Un día, celebrando una fiesta, Sileno se perdió y se alejó del resto de sus compañeros. Finalmente, terminó llegando al palacio del rey Midas y se desmayó entre los preciados rosales del rey quedándose dormido.

A la mañana siguiente Sileno fue descubierto entre las flores por los jardineros del rey, que no sabían qué hacer con aquél anciano que roncaba tan fuerte. Sin embargo, estaban seguros de que al rey Midas no iba a gustarle lo de las flores, por lo que decidieron despertarle y llevarle ante él para que se explicase.

Cuando el rey Midas le preguntó quién era le dijo que estaba en la comitiva de Dioniso, y le contó unos bonitos cuentos sobre la expedición a Asia, llenando la cabeza del rey de historias maravillosas.

Durante diez días y diez noches, Sileno regaló tales historias al rey Midas que, cuando estuvo listo para partir, el rey ordenó a un guía que le acompañara y cuidara durante su viaje de vuelta. Tan agradecido quedó Dioniso ante aquel trato a su amigo, que le ofreció al rey Midas cualquier cosa que deseara. Extrañado por su buena fortuna, Midas respondió que deseaba que todo lo que tocara se convirtiera en oro.

Tras ello entró en su jardín y recogió una piedra que, de inmediato, se convirtió en oro; y lo mismo ocurrió con sus preciosas rosas. Con lo que no contó Midas es que incluso la comida que comía iba a convertirse en oro, lo que iba a provocarle una terrible sed que tampoco podría calmar, pues hasta el agua se convertiría en oro.

Alarmada por su situación, su amada hija corrió a abrazarlo y consolarlo, pero cuando él la abrazó se convirtió instantáneamente en una estatua dorada. Fue entonces cuando el rey Midas se dio cuenta de la gravedad de su error y, hambriento, sediento y desconsolado, le rogó a Dioniso que lo liberara de su carga.

El misericordioso dios del vino supo que el rey había aprendido su lección, por lo que riendo le dijo a Midas que viajara a la fuente del río Pactolo y se zambullera en sus aguas, y que hiciera lo mismo con su hija para devolverla así a su forma humana.

Se cree que, hasta el día de hoy, las arenas de ese río son brillantes como el oro en homenaje al rey Midas. En cuanto al rey, algo más sabio, se dio cuenta de que hay mucho más en la vida que la riqueza y el oro. Aunque, lejos de aprender la lección, volvería a caer en grandes errores que serán ya motivo de otras nuevas historias.

Ésta, al menos, sirve para recordarnos que uno debe pensar mucho antes de desear algo, pues a veces los deseos se hacen realidad.

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