Cuentos clásicos cortos para niños: Los viajes de Gulliver

Los viajes de Gulliver

Los viajes de Gulliver

Cuento clásico: Los viajes de Gulliver

 

Érase una vez en Inglaterra un hombre joven llamado Gulliver, que tenía la profesión de médico. Como la fortuna nunca le había sonreído, Gulliver decidió un día echarse a la mar para buscar fortuna, y para ello se empleó en un barco que iba a las lejanas tierras de Asia.

Para su mala suerte, una terrible tormenta atrapó el barco en el que iba Gulliver y, azotado por las olas del mar, terminó por naufragar. Pero, a pesar de todo, Gulliver pudo salvarse de milagro y llegar hasta la orilla de una isla que no conocía, pero muy cansado de tanto caminar para salvarse, por lo que pronto cerró los ojos y se quedó profundamente dormido.

Cuando despertó, Gulliver notó que tenía un montón de cuerdas pequeñísimas atando su cuerpo, y que a su alrededor había un montón de personitas, incluso más pequeñas que los dedos de una mano. Aquellos seres pequeños informaron a Gulliver de que se encontraba en Liliput, y que podía pasar a considerarse un prisionero.

 

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Gulliver entendió la peligrosa situación en la que se encontraba, por lo que pidió a aquellas pequeñas personitas que no se asustaran, y les contó de dónde venía y todo lo que le había pasado. Una vez hubo terminado de hablar, los liliputienses (que era como se llamaban), llevaron a Gulliver hasta su emperador, que convino en dejarlo libre:

—¡Pero no tan rápido! —Interrumpió de pronto el emperador antes de liberar a Gulliver—, antes tienes que ayudarnos…Verás, desde hace décadas, los habitantes de la isla vecina son nuestros enemigos, pero si nos ayudas podremos volver a vivir en paz.

Considerando justa la petición del emperador de Liliput, Gulliver salió rumbo hacia la isla vecina, y en tan solo un par de zancadas cruzó el pequeño estrecho que dividía las dos islas. Al llegar a la playa, con una gran soga, Gulliver amarró los barcos de la flota enemiga y se los llevó a Liliput en calidad de prisioneros. De esta forma, los liliputienses ya no tuvieron que batallar de nuevo con sus belicosos vecinos y pudieron vivir en paz. ¿Y Gulliver? Pues fue ayudado por los habitantes de esta graciosa isla, que le dieron comida y le ayudaron a construir una balsa para que pudiera volver a Inglaterra.

Así, ya de vuelta en su país, Gulliver quiso volver a dedicarse a la medicina, pero como el hombre que ha probado el mar no quiere volver a quedarse en tierra, no tardó en volverse a embarcar. No obstante, otra vez las calamidades volvieron a presentarse ante Gullliver, y en la embarcación en la que se encontraba ahora el agua empezó a escasear. Entonces, y cuando la situación ya era muy crítica, tuvieron la suerte de divisar una isla desconocida. Allí los marineros bajaron a buscar agua, y Gulliver los acompañó también pensando que podría recolectar plantas medicinales y abastecerse durante el viaje.

Para su sorpresa, se trataba de un lugar con una vegetación y una fauna que jamás habían visto, por lo que quiso investigarlo todo, consciente de que aquello podría traerle fama y fortuna en Inglaterra. Pero Gulliver, durante aquella parada, no se dio cuenta de que alguien le estaba observando:

—¡Un gigante! ¡Corran, corran! —Gritaron los marineros.

Pero los gritos llegaron muy tarde a los oídos de Gulliver, que fue atrapado por el gigante, que lo levantó con una sola mano para poder contemplarle mejor, y al ver que se trataba de una persona, pero mucho más pequeña, decidió no soltarlo. Así, el gigante exhibió a Gulliver de pueblo en pueblo y de feria en feria, anunciándolo como “una persona tan pequeña que podía caber en la mano” y ganando mucho dinero.

 

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Entonces sucedió que, en una de aquellas exhibiciones, una princesa se encaprichó y quiso tener a Gulliver, por lo que terminó comprándolo a cambio de unas cien monedas de oro. La princesa ordenó también que se le construyera dentro de su palacio una pequeña casa en la que pudiera vivir, y allí los peligros tampoco dejaron de aparecer.

Un día en el que la princesa se había ausentado, llegaron varias abejas al palacio, atraídas por el olor de algún pastel recién hecho. Entraron furiosamente las abejas al poco en la nueva casa de Gulliver, y este se vio obligado a combatirlas con la espada, combatiendo los venenosos aguijones y logrando vencerlas.

Al volver y darse cuenta de lo sucedido, la princesa entendió que aquel no era un mundo en el que Gulliver pudiera estar tranquilo, por lo que decidió ayudarle para que pudiera volver a su país, y le proporcionó transporte y suficiente dinero para no tener que sufrir más. Y, ya de vuelta en Inglaterra Gulliver se dedicó a escribir sus memorias, que le ocuparon varios tomos, y que es de donde proceden exactamente todas estas historias extraordinarias que acabamos de contar. ¡Sin duda era un experto viajero!


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