Cuento clásico infantil: La Sirenita

Cuento clásico infantil: La Sirenita

La Sirenita: cuento clásico

 

Había una vez, en las profundidades del mar (donde los corales se esconden y el agua es más fría), una dulce sirena que nació en una tarde cálida de verano. Su cabello era largo como las noches de invierno y su piel del color de la blanca arena, sin embargo, y aunque era tan bella que parecía de otro mundo, la razón por la que la amaban todos los habitantes del mar era por su suave forma de ser y por la amabilidad con la que trataba a todos por igual, sin importar si se trataba de peces grandes o pequeños.

Así, la sirenita creció poco a poco, y no había nadie en el mar que no hablase de su dulce amabilidad, de la forma en la que se esforzaba por ayudar a los más necesitados o de su canto marino, que podía hacer dormir incluso a la ballena más nerviosa. Sobre todo su mejor amigo, un pequeño cangrejo risueño que siempre estaba a su lado compartiendo momentos y confesiones geniales.

 

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Pero entonces, un día, cuando la sirena ya se había hecho mayor, un gran barco cruzó el mar de un lado a otro con un atractivo y amable príncipe en su interior. Y aunque los humanos resultaban bastante raros para las sirenas, porque en lugar de nadar caminaban, esto a la dulce sirenita no le importó para nada, pues rápidamente se quedó ensimismada observando al príncipe hasta enamorarse completamente. Desafortunadamente, su padre, que era un gran tritón que desconfiaba muchísimo de los humanos, se negó por completo a que su pequeña se relacionara con los humanos y le prohibió subir hasta la superficie, algo que la sirenita no pudo cumplir.

Y es que poco podía hacer el tritón, pues su hija creía sentir amor verdadero por aquel humano y no atendía a razones. Así, un día, la sirenita (acompañada de su fiel amigo Sebastián) se escapó de casa y se fue en busca del brujo del océano, que era un pulpo rojo que tenía muy mala fama, pero que decían que era capaz de hacer cosas increíbles, como convertir a una sirena en una ser humano…¡Justo lo que ella deseaba!

  • Qué dulce es el amor de los jóvenes…¿Verdad, sirena? − dijo el brujo burlón−. Pues yo puedo hacer que tu cola se convierta en piernas, aunque tendrás que pagar un precio por eso.
  • ¡Haré cualquier cosa! −dijo la sirenita emocionada.
  • Me temo que si el príncipe no te da un beso de amor verdadero antes de que caiga el sol el tercer día, te convertirás en espuma de mar, querida amiga−explicó el cangrejo a la sirenita que, aunque sentía mucho miedo, aceptó finalmente el acuerdo.

Y así, el primer día del acuerdo amaneció, con la sirenita ya sin cola y dos piernas como las de los humanos. La encontraron en las orillas que había más cercanas al castillo del príncipe, e inmediatamente la condujeron ante él, quien no dudó en darle alojamiento en su hogar, tratándola desde un principio con mucha amabilidad. Pero los segundos y las horas pasaban muy rápido y, aunque la sirenita y el príncipe rápidamente se hicieron amigos, ella temía tener que desaparecer. Además, también temía que él no sintiera lo mismo que sentía ella, por lo que cada minuto que pasaban juntos pensaba que podría ser el último…

  • No importa si no me quiere como yo le quiero a él −contó al segundo día la sirenita a la Luna−, pues soy feliz solo con pasar tiempo a su lado. Así, si al llegar el anochecer mañana me convierto en espuma de mar, no tendré remordimientos en mi corazón. ¡Habrá merecido la pena!

Y finalmente llegó el tercer día, y el príncipe, emocionado, fue a buscar a su amiga, que se encontraba dando un agradable paseo por la playa. Allí mismo jugaron con las olas que iban y volvían de la orilla, disfrutando de un momento muy divertido e inolvidable…y así hasta que llegó la tarde, momento en el que la sirenita creyó que era la hora de despedirse de su gran amor:

  • Me iré cuando caiga el atardecer y no nos veremos nunca más −dijo triste la sirenita− pero quiero que sepas que te quiero mucho y que nunca te olvidaré.
  • No quiero que te vayas, eres muy especial para mí −aseguró el príncipe mientras se acercaba a darle un beso en la mejilla a su amiga (que ya era mucho más que eso), que se sintió tan feliz que se puso a reír.

Y así fue cayendo la tarde, llegó la noche y amaneció el siguiente día. La sirenita había dado su cariño desinteresadamente y había encontrado en el príncipe a un gran amigo y a su verdadero amor, y no se convirtió en espuma de mar ni volvió a ser sirena porque, desde ese día, ambos vivieron muy felices, juntos y enamorados sobre la tierra. Aunque, desde luego…, ¡en el mar sí que la echaron mucho de menos!

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