Cuento clásico de Navidad: El abeto | Bosque de Fantasías

El abeto

El abeto

Cuento clásico de Navidad: El abeto

 

En un hermoso bosque, lleno de magia y de frondosos árboles, destacaba un abeto joven. Su ubicación era privilegiada: crecía en un lugar bañado por el brillante sol amarillo y por la luna plateada, rodeado de aire fresco, creciendo entre árboles majestuosos. Los niños lo visitaban a menudo, admirando su belleza y diciendo: “¡Oh, qué hermoso eres, querido abeto! ¡No tienes igual! ¡Árbol como tú no se puede encontrar!”.

Pero, ¿qué son los elogios para quien no quiere oírlos? Es como hermosa música en oídos sordos. Al abeto no le importaban las bonitas palabras de los niños, pues no se sentía bien siendo más pequeño que el resto de los árboles. Tampoco le importaba que los niños lo visitaran haciéndole compañía, pues solo quería ser un poquito más grande.

 

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Con el paso del tiempo el abeto creció, pero nunca fue suficiente para él. Anhelaba ser tan alto como los demás árboles para extender sus ramas y albergar nidos de pájaros. No encontraba satisfacción ni en el sol, ni en la luna, ni en los pájaros, ni en las hermosas nubes de los atardeceres…, ni siquiera en aquellos que disfrutaban y reían bajo su sombra.

Cuando llegaba el otoño los leñadores talaban algunos árboles grandes y, aunque esto ocurría todos los años, el abeto joven temblaba al ver cómo derribaban a sus majestuosos compañeros. Observaba cómo los árboles caían con estruendo, con todas sus ramas cortadas, y eran llevados en carros tirados por caballos.

—¿No saben a dónde los llevan? ¿No los han encontrado en algún lugar en sus largos recorridos? —Preguntó el abeto a los habitantes del bosque.

—Sí, creo que sí. Vi muchos barcos cuando volaba por el Cairo, en Egipto. Eran barcos con mástiles magníficos que despedían un muy agradable olor. Me atrevo a decir que de tus amigos estaban hechos aquellos barcos, y que ese es su destino: cruzar el mar como lo cruzo yo con mi vuelo —Le respondió una cigüeña.

Y cuando llegaba la Navidad, los leñadores cortaban árboles jóvenes y luego los vendían para ser decorados con manzanas doradas, nueces, pan de jengibre y luces centelleantes. El abeto soñaba con ser elegido para un destino tan glorioso y brillar así en un salón espléndido…y finalmente sucedió. Un buen día fue talado y llevado a una lujosa mansión donde fue decorado con esmero. ¡El pequeño abeto no podía creerlo!

 

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Manzanas rojas y doradas como el oro, duras nueces, cirios de varios colores, pequeños muñecos de nieve hechos con todo el amor y cuidado del mundo…y, como adorno principal, una gran estrella en la punta del abeto que brillaba como brillan las estrellas en el cielo, tan dorada y hermosa. Y así fue adornado el abeto, que era más feliz de lo que jamás había soñado ser, pues se sentía espléndido allí y emocionado por la llegada de la noche, momento en el que las velas iluminarían sus ramas.

Sin embargo, algo inesperado ocurrió: cuando encendieron las velas, el abeto tembló tanto que un cirio prendió su follaje, propagando rápidamente el fuego. El árbol, ahora en llamas, se quemó con rapidez observando, impotente, cómo las llamas se extendían por todo su cuerpo mientras los niños le sacaban los adornos para no perderlos. Y así hasta que, finalmente, sus ramas se partieron y fue depositado en un rincón oscuro del desván una vez apagado el fuego.

Mientras iban pasando los días y las noches sin que nadie se acordase de él, el abeto se contaba historias a sí mismo y se aferraba a los recuerdos de tiempos felices para tratar de matar así un poquito el tiempo…hasta que un día unas personas llegaron al desván en el que se encontraba y un hombre lo arrastró al patio donde la luz del día brillaba.

 

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El abeto sintió entonces el aire fresco y vio un hermoso jardín en flor, aunque no pudo disfrutar de la belleza de su alrededor pues, de nuevo, fue olvidado en un rincón del patio, donde el sol caía más fuerte, y sintiéndose más viejo y roto que nunca. En aquel mismo patio, un muchacho arrancó la estrella dorada que aún permanecía en sus ramas, dejándole sin el más mínimo recuerdo de su pasado feliz. Y tras lo sucedido, el pobre abeto solo pudo suspirar, reflexionando y lamentando no haber apreciado los momentos verdaderamente felices que había vivido: cuando los niños jugaban a la sombra de sus ramas y todo era paz y sosiego.

Finalmente, el asistente del jardinero cortó el abeto en trozos y lo lanzó a la chimenea, donde la madera ardió espléndidamente y los recuerdos se agolparon en cada chispa. Mientras el fuego calentaba la casa y el humo subía a través de la chimenea, los niños se divertían en el patio, ajenos a aquello que sucedía dentro de la casa, y el más pequeño de todos se aferraba al que se había vuelto su juguete favorito: la brillante estrella que había adornado el abeto durante su noche mágica. Y así terminó la historia de aquel abeto, recordándonos la importancia de apreciar los momentos felices siempre, en lugar de anhelar lo que no tenemos.


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