El zorro y el espino

El zorro y el espino

Fábula corta: El zorro y el espino

 

Esta es la historia de un zorro pelirrojo que vivía en un bosque muy lejano, rodeado de otros animales. El zorro era joven, lleno de juventud y de energía, por lo que pasaba todos los días corriendo de un lado a otro, molestando a los demás sin parar. Uno pudiera pensar que un zorro con tanta energía terminaría por cansarse, o que al despuntar la noche se echaría a dormir en su madriguera, pero este zorro era una excepción.

Tenía tanta energía que, cuando oscurecía, se sentía incluso más activo que durante el día, y en vez de correr de un lado al otro trepaba a los árboles y saltaba de rama en rama, gritando y despertando a los demás animales que buscaban conciliar el sueño dentro de sus madrigueras. Por eso ya no le bastaba con correr por el bosque o con saltar entre los árboles, y quería algo que fuera un reto de verdad para él. Así, un día miró a su alrededor pensando qué podía hacer, cuando su vista captó una gran montaña que se extendía un poco más allá del bosque.

—¡Eso es! Subiré hasta la cima de la montaña y mañana temprano lo haré—Gritó el zorro para que todos los animales le oyeran.

 

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Y así fue, pues la madrugada del día siguiente el zorro se levantó incluso antes de que saliera el sol. Lleno de grandes energías, empezó a correr a toda velocidad, pues quería subir lo más rápido posible aquella montaña. Atravesó el bosque y llegó hasta las faldas de la montaña, aunque se intimidó un poco con la altura, que era imponente.

Sin embargo, no dejó que eso le amilanara y empezó a escalar. Con rapidez y velocidad, subió y subió, de una forma que parecía completamente inaudita para un zorro como él, pues no son animales escaladores. Y cuando el sol comenzó a salir por el horizonte, el zorro ya había llegado a la punta de la montaña. Entonces las cabras, que apenas se despertaban, se sorprendieron de lo lindo al ver un zorro en un lugar como aquel, solo reservado para algunos animales, pero el zorro se sentía el rey del mundo.

—Nada es imposible para mi —dijo con soberbia—, todo lo que quiera hacer lo podré lograr.

Más tarde, un poco aburrido pero aún con mucha energía, se dispuso a bajar, pero como era un zorro y no sabía muy bien cómo bajar desde un lugar tan alto, descendió a toda velocidad. La mala suerte hizo que perdiera el equilibrio, y empezó a rodar montaña abajo como una piedra rodante.

A punto ya de caer a un oscuro abismo, el zorro avistó un arbusto del cuál pensó que se podría sostener, y haciendo acopio de sus reflejos y de todas sus fuerzas logró hacerlo:

—Uff —dijo aliviado—¡Estuve cerca de caer!

Pero pronto se dio cuenta de que algo le estaba molestando en las patas… ¡le dolía enormemente! Y fue entonces cuando se dio cuenta de que se había sujetado a un espino y que le estaba lastimando las manos.

 

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—¿Por qué demonios me estás pinchando? —Preguntó el zorro colérico al espino— Si me he agarrado a ti para poderme salvar.

El espino entonces respondió:

—No se de qué te estás quejando, si soy un espino y todos saben que las plantas como yo pinchamos a quienes se nos acercan, pues es nuestra forma de protegernos de los peligros, y tú fuiste quien decidió salvarse sujetándose a mi.

—¡Sí, pero esa no es razón para lastimarme! —dijo el zorro, sin entender lo que el espino quería decir.

—Pero es que no podría ser de otra forma —replicó entonces el espino—, porque es mi naturaleza, y si tú elegiste salvarte agarrándote a mí, no podías escapar de mis espinas.

 

Moraleja de la fábula del zorro y el espino

 

La vida muchas veces no es como parece, y terminarán presentándose piedras por el camino que nos pongan las cosas difíciles. Por eso es muy importante que seamos personas racionales y pensemos siempre en las consecuencias o en las dificultades de las cosas con pensamiento crítico, pues todo no siempre puede ser posible por más que uno lo quiera.

Todos debemos reconocer nuestras limitaciones y fracasos con honestidad y aprender de ellos, en lugar de engañarnos a nosotros mismos con justificaciones o echándole la culpa a otros, y esa es la lección que debía aprender el zorro. El espino no era el culpable del peligro que él había corrido, sino que era él el responsable de no pensar bien en los posibles resultados de sus imprudentes actos.


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