CUENTO INFANTIL: La estrella más hermosa

Cuento: La estrella más hermosa

Cuento: La estrella más hermosa

Nueva colaboración de Alberto Penelas Jiménez

“Este cuento está dedicado a ese hombrecito que es mi hijo, para darle las gracias por estos diez años que lleva en mi vida. Diez años en los cuales me da constantes lecciones de vida: amor, bondad, humildad… No cambies hijo, porque cuando nos hacemos mayores muchas personas cambian esos valores morales por los materiales perdiendo su alma, y un hombre sin alma se convierte en un ser sin vida. Gracias campeón.

También debo dedicar este cuento a otra persona a la que conocí demasiado tarde y en el momento menos adecuado, pero que me hizo volver a creer en muchas de las cosas en las que ya no creía y a la que le deseo no algo o alguien bueno, sino lo mejor, porque menos de eso para ti es poco:

 “La luz con la que alumbráis las vidas de los que por suerte os encuentran en su camino, no se puede pagar con nada y solo se puede pensar en que sois estrellas bajadas del firmamento”

 

La estrella más hermosa

Mi nombre es Adrián, y una de las cosas que más me gusta es mirar el cielo raso en las noches de verano.

Me fascina todo lo que tiene que ver con la astrología, y mi papá me lleva a un precioso parque cerca de casa, desde donde se divisa toda la ciudad. Allí pasamos horas tumbados, jugando a formar dibujos en el cielo con las estrellas.

Una de esas estrellas siempre tiene una luz sublime, hermosa…, haciendo parecer que la podemos alcanzar con nuestras propias manos; a su lado, otra más pequeña pero también muy brillante, nunca se separa de su lado.

Mi padre, que nunca me miente, una noche me contó una historia sobre esa estrella y, a día de hoy no sé si será real, pero yo creo firmemente que así es, por eso he decidido que la voy a contar:

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‹Había una estrella muy inquieta y pizpireta, que siempre estaba contemplando la tierra fascinada y se preguntaba por qué ella no podía bajar a ese precioso planeta azul. Le gustaba tanto que intentaba sacar todas las fuerzas que podía para iluminar cada palmo de la tierra y para ver lo que allí sucedía, pero ella no iluminaba tanto como el Dios Sol.

Ella veía como las personas siempre estaban acompañadas, ya fuera riendo o llorando, y cuando miraba a su alrededor se sentía muy sola. Cada día que pasaba lloraba con más desconsuelo, y mientras perdía su preciosa luz, deseaba cada vez con más fuerza ser uno de esos niños que vivían en la tierra… hasta que una noche el Sol se apiadó de ella y le concedió dicho deseo.

Al nacer, sus padres quedaron perplejos cuando descubrieron los ojos que tenía su hija, de un color azul verdoso y con un magnetismo excepcional, los cuales irradiaban una luz tan mágica como deslumbrante. Coincidieron en llamarla Xiomara, “la estrella hermosa del universo”.

Xiomara nació y creció llena de felicidad. Le gustaba jugar, especialmente en una plaza de su ciudad en la que, además de haber una pequeña fuente en el centro de la misma, había a su alrededor muchos puestos llenos de flores que hacían que la niña cerrara los ojos imaginando que estaba en el bosque, acompañada de su pequeña y linda ninfa. Pero la niña, que muy pronto perdió a sus papás, fue creciendo hasta que se convirtió en una joven y hermosa mujercita que irradiaba felicidad, por lo que a ningún jovencito que la conociese en esa pequeña ciudad le resultaba indiferente.

Aunque Xiomara poco a poco fue entristeciendo al sentirse decepcionada y defraudada, puesto que ninguno de esos muchachos que la fueron encandilando con lindas frases, la quería de una manera sincera y pura como ella hacía con todas las personas que se cruzaban en su camino. Era tal la tristeza y decepción que sentía, que un día empezó a llorar y llorar en su plaza preferida sentada en un rincón de la misma, para que nadie la pudiera ver.

Tras un tiempo en ese estado, de repente un hombre dijo:

  • ¿Por qué lloras, preciosa?

Xiomara levantó la cabeza y vio que aquel hombre, aunque también muy joven, era ciego. Se quedó un rato sin saber qué decir, sorprendida,  y después le respondió con otras dos preguntas:

  • ¿Por qué las personas no aman de verdad?, ¿por qué no llegan a percibir aquello que los ojos no alcanzan a ver?

El hombre le respondió contándole su historia:

  • Yo al principio de quedarme ciego creí que sería la peor de mis desgracias, solamente tenía ganas de llorar, como tú ahora mismo. Antes de ser invidente era muy egoísta, presuntuoso y demasiado impertinente. Después de algún tiempo, tras perder la vista, me puse a reflexionar y empecé a ver quién estaba a mi lado en los peores momentos y quién no quiso saber nada más de mí. Comencé a ver con el alma y a disfrutar con el tacto y el olfato de las cosas maravillosas que tenemos a nuestro alrededor, y en aquel momento supe que realmente estaba ciego cuando más veía.

Xiomara se quedó fascinada con la historia del hombre, del cual se hizo amiga inseparable puesto que Carlos, que así se llamaba el joven, sí que la demostró su cariño y amor más allá de lo que los ojos ven. Ella no supo que le amaba con el alma hasta que Carlos se fue a otra ciudad por motivos que nunca conoció y, tras un tiempo, aceptó el hecho de que no encontraría a alguien igual que él.

Desde entonces sentía una soledad tan fría y devastadora que le resultaba demasiado familiar. Se dormía mirando el cielo, pensando en que por lo menos compartían el mismo “techo estrellado”,  y deseando que ese “techo” fuera algún día el lugar donde encontrarse con esa persona tan especial para no separase jamás. El Sol nunca la había abandonado y tenía un cariño especial hacia ella, así que decidió devolverla esa noche a su verdadera casa junto a Carlos, que no era más que otra estrella bajada del cielo con los mismos deseos de no sentirse sola, y a la que le había concedido el mismo deseo.

Desde aquel momento, Xiomara y su compañero, lucieron más brillantes que nunca y descubrieron ese amor que habita entre nosotros, pero que es tan difícil de encontrar en un mundo lleno de almas vacías y falsos sentimientos.›

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Publicado el

julio 19, 2018

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