CUENTOS PARA DORMIR: Las manzanas de caramelo

Cuento: Las manzanas de caramelo

Cuento: Las manzanas de caramelo

 

Cuentos para dormir: Las manzanas de caramelo

 

Era la época de la cosecha de manzanas y todas las familias de un precioso pueblo, llamado Manzanares, salían juntas con carretas, cestas y sacos para recolectar las brillantes y jugosas frutas que brotaban de sus árboles para luego venderlas en la ciudad.

Salían muy temprano por la mañana, pues así lograban recoger muchas manzanas antes de que el sol les anunciara el mediodía, pudiendo regresar a casa para almorzar con el trabajo bien hecho y terminado.

A lo lejos, mientras bajaban las colinas para llegar al valle, podían ver los maravillosos árboles, sanos, fuertes y jóvenes que tenían. Una vez en el valle, los niños corrían, las madres cantaban y los hombres con sus anchas espaldas se preparaban para iniciar la tarea del día.

Manuela, con su vestidito fresco y su delantal floreado, era una de las primeras en comenzar a saltar para alcanzar las manzanas y así llenar su cesta con rapidez a pesar de ser una niña. Corría de un árbol a otro buscando las manzanas más grandes y más rojas para colocarlas después, y con mucho cuidado, en la cesta. Y es que si una manzana se golpeaba debía ser comida de inmediato, pues al día siguiente su aspecto no sería el mismo y nadie querría comprarla.

Al día siguiente volvía a iniciarse la actividad y Manuela volvía a correr de un lugar a otro saltando para agarrar sus manzanas. Una mañana, sin embargo, en medio de su habitual rutina, Manuela tocó una manzana tan resbaladiza que parecía de caramelo. Aquello llamó su atención, por lo que Manuela se detuvo para observarla con cuidado, comprobando que el brillo permitía que hasta su rostro se reflejase en la piel roja de la manzana. Entonces caminó hacia el otro lado del árbol, donde las manzanas colgaban algo más abajo, y al lograr tomar una en sus manos decidió morderla. Con los ojos muy abiertos y llenos de emoción, Manuela degustó aquella increíble manzana, tan suave y tan dulce como los caramelos que su papá a veces traía de la ciudad.

La emoción era tanta que Manuela tardó pocos minutos en dirigirse hacia el resto de la cuadrilla para informarles del fenómeno, sin embargo, nadie podía entender lo que decía, pues las manzanas eran las de siempre y a nadie le parecía que supiesen distintas a lo que era habitual. La cuadrilla entonces rió pensando que Manuela tenía mucha imaginación y ganas de juego, a pesar del cansancio que generaba la tarea de recolectar.

Todos volvieron a sus trabajos y Manuela caminó pensativa hacia el árbol del que había tomado la manzana. Se paró frente a él tranquila, caminó después a su alrededor y, de pronto, volvió a ver las manzanas de caramelo. Agarró otra, la mordió y volvió a comprobar de nuevo que aquellas manzanas eran de un delicioso y exquisito dulzor. Pero cuando se dispuso a llamar de nuevo a sus padres y amigos para que vieran las manzanas, escuchó:

  • ¡Shhh! ¡Manuela, Manuela!- Una voz amigable salía del árbol.
  • ¿Sí?- contestó la niña asombrada.
  • Manuela, las manzanas de caramelo son solo para ti, nadie más las puede comer.
  • ¿Y eso por qué?
  • Porque aunque tú no lo recuerdes, pues eras aún muy pequeña, tú me sembraste un día. Todos pensaron que yo no iba a crecer y tú confiaste en mí y me sembraste en esta misma tierra. Gracias a tu cariño y a los terrones de azúcar que añadiste para que creciera fuerte, ahora estoy aquí.
  • Pues no lo recuerdo, pero si es verdad suena muy bonito—contestó Manuela.

 

Yo jamás lo olvidaré, y como me he convertido en un gran árbol, fuerte y dichoso, te doy este regalo. Cada vez que vengas a recoger manzanas, tendrás a tu disposición tus manzanas de caramelo.

  • Gracias querido árbol. ¿Entonces te veré cada año y podremos conversar?
  • Claro que sí Manuela, y gracias por haberme dado vida y cuidado con mimo. En agradecimiento, yo quiero cuidarte y mimarte a ti.

 

Tras aquellas emocionantes palabras Manuela metió varias manzanas en los bolsillos de su delantal floreado, le dio mucha agua a su querido árbol y lo besó. Entonces el manzano cerró sus ojitos muy contento, esperando que volviera a amanecer para rencontrarse con su querida Manuela, la niña más dulce y buena que nadie podría soñar.

 

cuento-manzanas-caramelo

 

Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *